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EL MUNDANAL RUIDO

El mundo ensaya la ceguera de una juventud muy vieja, decrépita, insensible y cobarde, pero con precio.

Opinion 30 de noviembre de 2021 Juan Sánchez
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Recuerdo una canción de los setenta. Una canción que incitaba −al menos por el título− a salir corriendo. Buenas botas, nuevas, bien lustradas, curadas del espanto del frío y la acidez de esta especie de predadores al acecho del incauto, eran botas para caminar. Es una tarea que tengo pendiente desde entonces. Nunca fui ‘kilt’ de buen asiento, tal vez −y sin tal vez−, las circunstancias marcaron mi eterno deambular por esos lares sin lar alguno.

El caso es que aquella canción marcó mi adolescencia de un modo sinuoso, reticente, imperativo, casi desesperado; una invitación concupiscente de ruptura inmediata con la inexistente realidad. La rebeldía sin causa y con todas las causas imaginables y la huía hacia ninguna parte, me han tentado y liberado toda la vida.

Y por terminar de bordar el cuadro escocés, coexistí –en tiempo y forma− con aquella mítica serie televisiva: “El fugitivo”, las desventuras ‘causales’ de Eleuterio Sánchez, “El lute”, la inigualable “Star Trek”, la rebelión universitaria de las penúltimas del dictador, los primeros Levi-Strauss sin desteñir, el primer revolcón a capela y los bemoles de Bruce Lee contra cien chinos en formación de avispa.

Un coctel ‘molotov’ –Nadie ha oído esta última palabra− que me urgía a salir corriendo como desnortado en busca de un mundo más “Humano”. Manda cojones libertarios.

Esa generación me pertenece, hoy en barbecho. Un nutrido grupo de personas que vivieron tiempos y circunstancias que jamás se repetirán y que modelaron un talante especial y ‘obsoleto’. Un camino de sistémica rebelión contra el sistema. Nadie desertaba de la trinchera. Y si lo hacía, se llevaba las del pulpo y otras tantas más.

Los cojones eran reales y no virtuales. Las balas de goma, los botes de humo lacrimógeno, los estacazos de los esbirros del régimen eran reales, las palizas y vejaciones en comisaria eran reales, las detenciones sin fecha de salida eran reales, los misteriosos accidentes y desapariciones eran reales, y toda aquella porquería de la política prohibida era tan real que no dabas crédito a tanta mierda que te salpicaba cada día.

Pero casi todo estaba muy claro, se sabía perfectamente dónde estaban los malos, no habían dobleces, ni dudas, y si detectábamos un infiltrado, lo llevaba bastante crudo. Sin piedad, igual que ellos contra nosotros: presuntamente los buenos, y sin presuntamente.

Hoy todo se ha vuelto del revés. En todo caso, nunca se sabe la catadura de quién tienes al otro lado de la mesa. Los niños más buenos son unos verdaderos hijos de puta. Hijas de puta no hay ni se las espera −que no han tenido los votos necesarios para compartir estos tiempos, y además, está prohibido hablar de ellas−.

Todas son buenísimas, vírgenes y santas caminito del altar. Y los tíos somos unos hijos de Satanás, y de presunción de inocencia constitucional, na de na. Culpables por ese pecado tan vil como original que nos cuelga. Amén!

Y solo empiezo el escandallo del ‘cultivo’ social que nos han impuesto unos niñatos y niñatas que jamás oyeron aquella canción de los setenta –al final pondré el vídeo−, ni los “Remeros del Volga”, ni “La Marsellesa”, ni “El puente sobre el río Kwai”, ni “Born to be Wild”, ni “Another Brick on the Wall”, ni “Imagine”, ni…Qué pijo más dará!

La revolución se muere de inanición y de escasez de vergüenza torera. Tampoco hay corridas de toros, y de las otras pocas, muy pocas, demasiado pocas para tener veinte años y el depósito lleno. Y los aficionados al arte de cuchares están en forzosa extinción. Ya veremos si se respetan los Sanfermines, bueno eso seguro que sí, los navarros tienen mucho de lo que hay que tener. Pero el futbol sigue cumpliendo su misión: pan y circo. Y punto pelota.

Vamos a echar a andar y el camino aparecerá. Así reza la máxima budista. Me aficioné a la filosofía oriental porque mi profesora de COU estaba como un tren. Hice muy bien y el tiempo me dio la razón, porque me asquea este mundo occidental tan civilizado como embarrado de mierda y falsedad hasta la cencerreta.

Y porque nadie mueve un dedo para cambiarlo. Y porque me sale de las narices pensar, creer y decir lo que me apetezca amparado por una constitución, imperfecta, que costó tanto dolor conseguir como tanta mierda, recortes y prohibiciones nos vomitan encima esos tan modernos y buenistas −de todos los colores− que nos están nazionalizando la vida.

El mundanal ruido. Huir, no mirar atrás, no volver sobre tus pasos, hacer camino al andar. El mundo actual suena a cobardía, a ignorancia, a conformismo, a decadencia, a poses fantasmales, a viejas del visillo, a chirridos de goznes sin engrasar por la imprescindible libertad.

El mundo desafina en las fosas sin nombre, en las trincheras sin nombre, en las playas sin nombre, en los hijos desterrados, apócrifos de la humanidad. El cóndor pasa y se hace un silencio sepulcral. El silencio se ha quedado sin grito. El apocalipsis se ha instalado en el corazón humano, desde ahora y para siempre.

El mundo ha vuelto su mirada hacia el interior de la caverna. El mundo ensaya la ceguera de una juventud muy vieja, decrépita, insensible y cobarde, pero con precio. El mundanal ruido es hoy un ESTREPITOSO SILENCIO…

(En serio, este artículo no tiene nada que ver con el que pensé escribir en un principio: “Botas, mochila, un beso y un adiós y carretera y manta”… Además, he olvidado la canción prometida, perdón, son cosas de la edad).

−¡Shhhhh!

Nota del autor: “Ahora que me veo ante el teclado dando manotazos a estas teclas tan hartas de mí como yo de ellas, no dejo de observar las palabras que van acribillando el vacío virginal. Siento tener que usarlas, pero se manifiestan por sí mismas −en tiempo y forma. Por tanto, si alguno de estos “palabros raros”, no dice nada al lector, que recurra −tal cual servidor hiciese en su día−, a esa maravillosa herramienta del lenguaje llamada diccionario de la R.A.E. que para eso está.

Que de tanto usar palabras ‘campechanas’, hemos llegado al límite de la elementalidad y lo hemos traspasado, para aterrizar en la vulgaridad de un vocabulario mínimo y acomplejado por esa máxima de nuestros tiempos: “¡¡Con dos cojones, ignorante y gilipollas, pero con dos cojones!!”. Con perdón del siempre respetable”.

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