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Carta de Eurico Campano a Pardo de Vera, Elsa García de Blas, Esther Palomera y otros mamporreros del poder

¿Nos van a enseñar a hacer periodismo gentes como Pardo de Vera, hermana de su hermana, recientemente ascendida al rango de secretaria de Estado?

Opinion 06 de diciembre de 2021 PDL
MINIATURAS-PD-4

Siempre quise ser periodista. Nunca conocí ninguna otra vocación que pudiera interesarme más que la de contarle historias a todo aquel que quisiera escucharme. Si podía ser a través de un micrófono, mejor, porque en realidad en lo que quería convertirme era en un tipo que, algún día, viera cumplidos sus sueños y llegara a «hablar por la radio».

Creo que fue Oscar Wilde quien dejó escrito algo parecido a esto: ¡ojo con lo que deseas, porque puede convertirse en realidad! Con apenas 19 años, los micrófonos de Radio Zamora me sirvieron de pista de entrenamiento. Meses después, sin conocer absolutamente a nadie, a diferencia de otros, que portaban apellidos compuestos y a algunos y algunas de los cuales luego me referiré, llamé un día a la puerta de aquella primera y gloriosa Antena 3 de radio.

Allí me fasciné. En aquellos pasillos, en los que durante algunas semanas, pocas, un crío lleno de ilusión como yo tuvo la oportunidad de cruzarse con el más grande, Antonio Herrero Losada y con el maestro de maestros José María García. También con José Luís Balbín, con Miguel Ángel García-Juez, con Vicente Zabala padre, con Amando de Miguel y con Santiago Amón, con José Luís Gutiérrez «El Guti», con el llorado Rafael Benedito y con el «factotum» de aquel tinglado, Manuel Martín Ferrand. Ya entonces supe que nada ni nadie podría apartarme de aquel embrujo que me hechizó para siempre: el de convertirme en un profesional como ellos, sin más dios terrenal ni amo que mis lectores, oyentes o espectadores, si es que algún día llegaba a tenerlos.

El azar y los buenos oficios de mi querido Diego Armario -uno de los profesionales que más enseñanzas provechosas me proporcionó acerca de este encanallado oficio- me pusieron en disposición de trabajar en una recién nacida Antena 3 Televisión. Hace poco, su primer CEO, Javier Gimeno de Priede, me recordaba nuestro lema: ‘Noticias veraces, opiniones independientes’. En esas cuatro palabras, tan sólo en ellas, se resumía y resume la esencia de esta profesión.

¡Qué tiempos aquellos en los que éramos libres!

O tal creíamos algunos idealistas, como quien firma. ¿Independientes? Del poder, sí. ¡Vaya si lo éramos! De los prejuicios ideológicos y de la basura y el rencor que anidaban en la cabeza de muchos de los allí moraban, no tanto.

En mi inicial ingenuidad, tardé algún tiempo en darme cuenta de que, tras los enchufes y apellidos, más o menos conocidos, gracias a los cuales habían conseguido llegar a calentar una silla muchos de los que allí moraban, se escondían unas tremendas dosis de sectarismo mal digerido y peor administrado.  Mi mero gesto, mi aspecto físico y mi forma de vestir, me habían hecho acreedor de una etiqueta en la que yo no me reconocía.

Cómo olvidar aquella tarde en la que un don nadie, que durante décadas ha sido incapaz de despegar su, profesionalmente mediocre culo, de una silla de chusquero en uno de los magazines exitosos de la mañana, me largó una infumable chapa sobre qué era el «ecosocialismo» y porqué él se consideraba como tal, y en qué forma entendía el periodismo como un acto de militancia.

-Tú no puedes entender nada de esto porque eres un fascista.
¿Te acuerdas, Álvarez? Yo sí.

Meses después, alguien vino a contarme que aquel sujeto era hijo, o nieto, no recuerdo, de un alcalde franquista de su pueblo en otras épocas.

¿Me vais a enseñar a mí, gente como tú, a ser periodista?

Eran tiempos en los que tipos -y tipas, porque «tipes» aún no teníamos- llegaban a San Sebastián de los Reyes al volante de algún estupendo Audi, de su papá o marido, o de llamativos BMW. Yo, hijo de funcionario, había podido estudiar mi carrera gracias al sudor de mis padres y para ir a trabajar cada día debía coger dos autobuses. Tal vez fuera ahí cuando empecé a darme cuenta de qué material humano estaban construidos muchos de aquellos farsantes.

Recuerdo con especial desafección a un tipo que era la quintaesencia de ese comportamiento que no deja lugar ni a una mala palabra ni a una buena acción. Actuaba como líder de los que repartían «carnets» de «buenos» y «malos» periodistas. Los que hacían «periodismo-de-verdad» eran los que comulgaban, por supuesto, con su partido, el «único posible», que era y sigue siendo el PSOE. La misma formación que le acogió como responsable de prensa cuando se fue de Antena 3 TV.

Si querías obtener la validación profesional e incluso democrática de aquellos palanganeros, tenías obligatoriamente, que someterte a sus «diktats». Si no, eras tachado y estigmatizado como «comisario político» de los «fachas». Ni yo ni nadie de los señalados habíamos cobrado jamás, curiosamente, de ningún partido.

Él, que aprovechó uno de sus últimos días de trabajo para subirse a una silla y gritar que volvería cuando se fueran de aquella redacción, nos fuéramos, los «comisarios políticos», perdió los calzoncillos para empezar a cobrar de un partido político, el PSOE, en cuando perdió su trabajo. Era el mismo, por cierto, que meses después, en la primera campaña electoral en la que actuó como comisario, enviaba «sms» con los «totales» de Alfredo Pérez-Rubalcaba, su jefe, que debíamos sacar en los vídeos de los telediarios de Antena 3 TV. Yo los vi. Nadie me lo tiene que contar.

¿Me van a enseñar a mí, tipos como este, a ser periodista?

Por tener, en aquella Antena 3 TV de finales de los noventa y principios de los dos mil, teníamos incluso chivatos -y algunas chivatas- de gentes cercanas a ETA. Recuerdo aún sus nombres, aunque no pueda darlos porque nunca tuve las pruebas. Guardo fresca en mi memoria aquella mañana en la que, uno de los directores adjuntos del equipo de Ernesto Sáenz de Buruaga me advirtió que tuviera mucho cuidado con una «compañera», que moraba por las cercanías de las mesas de producción.

Estaban detectados y detectadas, claro, porque también había por allí, trabajando entre nosotros, gentes cercanas a lo que en aquellos tiempos denominábamos «fuentes cercanas a la Seguridad del Estado». Utilizaban a terceros para hacerme llegar a mí, que era jefe de Nacional, que no debía dar los nombres de los jovencitos detenidos en las redadas de «Kale Borroka» y que acababan días después en la Audiencia Nacional, para no «criminalizarles». Estos, eran los «demócratas».

 
Yo, que había intentado durante aquellos años ser «un hombre del medio», perdón por el mal chiste, decidí que para sobrevivir en aquella jungla de miserables tenía que convertirme «en un hombre de extremos».

¿Miserables? ¿Les he llamado miserables? Sí, claro. Eran gentuza de la peor calaña, todos casualmente colocados del mismo lado de la trinchera en la que ellos mismos habían convertido aquel medio que utilizaban incluso tu vida personal para destruirte.

Trataron de hacerlo conmigo.

Sé lo que son las campañas «ad hominem». He sufrido las cacerías en primera persona. Y he aprendido a endurecerme, mucho, no solo profesional sino personalmente. Intentasteis destruirme. ¿Te acuerdas, Antoñito? Hoy malvives convertido en un pobre «yonkarra», alcoholizado, y te escapaste por los pelos de la Justicia por temas feos con tus hijas.

No ensuciaré este artículo con tu repugnante apellido. Muchos de los que tienen que saber, acaban de enterarse. Seguro que lamentas aquellos días de postureo en los que nadie, salvo yo, sabía que no valías ni para cerrar el puño, porque no eras más que un pobre diablo, cobarde y enchulado. A ti sí que te destruyeron la vida, mientras yo me revestía de hormigón armado. Te recuerdo porque tú eras otro de los que daban lecciones de periodismo, totalitario y «comunistoide». ¡Quién me iba a decir que años después te vería delante de una juez, mientras te temblaban aquellas rodillas de «sietemachos-corresponsal-de-guerra-de-hojalata»!

Gracias imbécil. Tipos como tú me convirtieron en indestructible. Sois, seguís siendo, mala gente. De la peor calaña.

Trataron de destruirme, profesional y personalmente. No lo consiguieron.

Tratan y seguirán tratando de hacerlo ahora con Javier Negre. Gentes, por ejemplo, como una tal Ana Pardo de Vera con el directos de EdA TV, aludiendo rastreramente en sus redes sociales a una grave enfermedad de la madre de Javier.

Tratarán de hacerlo con Josué Cárdenas.

Tratarán de hacerlo, con Vito Quiles, con Rodrigo Villar o con cualquier otro en el que perciban una amenaza para el negocio que tienen montado a medias con buena parte del poder político.

Tratarán de hacerlo con todos los que agiten las aguas de ese tranquilo oasis en el que llevan décadas instalados e instaladas, con su puesto de trabajo y sus jugosos sueldos garantizados, a cambio de su servilismo con el poder establecido, que suele ser siempre de izquierdas porque la derecha, cuando gobierna, es tan imbécil que abjura de quienes han dado la cara por ellos y mantiene a quienes siguen y seguirán trabajando por desalojarles lo antes posible del centro de la escena.

¿Nos van a enseñar, escoria de esta calaña, a ser periodistas?

El tiempo, decía el maestro José María García, da y quita razones. Es el mejor juez. El tiempo ha machacado a muchos de estos mierdas. A otros les ha dejado, sencillamente, donde estaban.

Valga este largo ajuste personal de cuentas con un pasado que es exclusivamente personal, para que se sepa que las cacerías a las que ahora algunos palanganeros tratan de someter a periodistas libres, no constituyen algo nuevo.

¿Me vais a enseñar a mí de qué va esto del periodismo? A mí, que he sido durante 31 años redactor, redactor jefe, editor de informativos, cronista político y parlamentario, director de dos centros territoriales de Antena 3 TV en Galicia y en Las Palmas de Gran Canaria, que he trabajado con los mejores en esta profesión, desde un extremo al otro del arco ideológico, desde Jorge del Corral hasta Manuel Campo Vidal, Pepe Oneto, Antonio San José, Fernando Ónega, Pedro Piqueras, Ernesto Sáenz de Buruaga, Javier Algarra, Gloria Lomana, Xavier Horcajo, Eduardo García Serrano, Javier García Isac, y tantos a los que pido disculpas por no hacer la lista interminable.

A mí que he sido asesor de comunicación en el Parlamento Europeo de eurodiputados como Beatriz Becerra y otros integrados en el grupo ALDE, el grupo de los liberales europeos, y que he tenido clientes en mis últimos años como consultor privado de comunicación a personalidades tan distinguidas como Euprepio Padula o la propia Gloria Lomana… ¿Qué me vais a enseñar a mí? ¿Me vais a enseñar a mamársela al poder?

Hoy, ni Javier Negre en EdA TV, ni en 7nn, ni en Decisión Radio, ni en ningún otro medio de los muchos en los que colaboro, nadie, y Javier Negre menos que nadie, ha interferido jamás en mis libérrimas opiniones. Es un secreto a voces que discutimos, que tenemos un carácter explosivo, los dos, tal vez en exceso, pero jamás me he sentido tan libre como ahora. Quede dicho.

Observo durante estas últimas semanas lo que está ocurriendo en la sala de prensa del Congreso de los Diputados. Veo al propio Negre, a chavales como Josué Cárdenas, como Vito Quites o como Rodrigo Villar, a Cristina Seguí, a Borja Jiménez de Francisco, a Alejandro Cancho, y me reconcilio, a mis 51 toques de campana bien aprovechados, con la esencia de lo que algún día fue, nunca debió de dejar de ser este oficio: contarle al poder lo que le ocurre a la gente, no arrodillarse ante los poderosos para embarullar la cabeza al respetable con lo maravillosos que son, porque no es verdad y porque eso no es periodismo, es propaganda.

No me sirve, Ana Pardo de Vera, Anabel Díez, Esther Palomera, Elsa García de Blas, ese pueril argumento de que son chicos jovencitos, que van al Congreso a liarla y que no están preparados aún para este oficio, que no saben hacer periodismo… que no es periodismo lo que hacen.

Nos enseñaban cuando empezábamos que noticia «es novedad que interesa». Periodismo es levantar noticias, periodismo es levantar alfombras y sacar a la luz los trapos sucios del poder, de los políticos, hacer las preguntas adecuadas, aunque sean incómodas y otros no se atrevan a hacerlas, en algunos casos por miedo, en otros porque hay que comer y esta profesión se ha precarizado hasta límites insoportables, y en otros por puro sectarismo ideológico.

La Sala de Prensa del Congreso de los Diputados, que se había convertido en una suerte de «spa» para que los portavoces parlamentarios recibieran el baño y masaje diario que, sin duda, creen que les corresponde, ha recobrado de nuevo el pulso. Y lo ha hecho gracias a la aparición de nuevos medios, frescos, libres, si dependencias de nadie y sin ataduras, más allá de las que les comprometen con sus lectores u oyentes, su única y auténtica fuerza.

¿Nos va a enseñar a hacer periodismo una tertuliana bajita, malencarada y despectiva a la que sus complejos físicos y profesionales le impiden ser educada con la gran mayoría de sus compañeros y la que escoltas oficiales sacaban a veces por la puerta de atrás del maletero del coche de una alta autoridad del Estado para que no se enterara del doble juego otro miembro, con perdón, del mismo partido, vasco por más señas, con el que empezaba a ser relacionada?

¿Nos van a enseñar a hacer periodismo gentes que a cambio de su servilismo para con el poder colocan a sus hijos en las cercanías de un puesto oficial?

¿Nos van a enseñar a hacer periodismo gentes como Pardo de Vera, hermana de su hermana, recientemente ascendida al rango de secretaria de Estado? ¿Va a ser hostil con el PSOE y su gobierno la señora Pardo de Vera?

¿Nos van a recitar el manual del «buen periodista» gentes cuyos jefes y editores han estado muy cerca de tener serios problemas con la justicia por su presunta cercanía hospitalaria con miembros del comando Barcelona de ETA?

No nos callarán. No les tenemos miedo. No se lo teníamos, yo al menos, hace 30 años y mucho menos ahora, que no tengo ya nada que perder.

EdA TV, 7nn, Decisión Radio, Periodista Digital y otros son medios libres que han llegado para quedarse. Porque ocupan un hueco que los medios generalistas ya habían abandonado hace mucho tiempo. El hueco reservado a quienes creen que el periodismo es contar a la gente quiere saber, no emborracharla con propaganda.

Somos más que ellos. Y somos mejores.

Y no; no nos van a enseñar a ser periodistas. Sabemos como hacerlo. Ese es el secreto de nuestro éxito.

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