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500 AÑOS

Ataques a diestro y siniestro con auténticos misiles verbales y descalificativos a sus oponentes, igualmente poco fundamentados

Opinion 24 de enero de 2022 MARIANO GALIÁN TUDELA
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Antonio de Nebrija

Estamos en pleno 2022 , año ilustre para españoles , europeos y americanos donde se cumplen 500 años del gran Humanista D. Antonio de Nebrija. Autor tras la primera gramática española y garante de una lengua que, cinco siglos después de la elaboración de su primer diccionario, cuenta con más de 500 millones de hablantes en lengua castellana. 

Elogiar a esta gran figura es sin duda no olvidarnos del arte del buen escribir, del buen hablar y que  por su belleza, resalten como estrellas ante un mundo donde la ordinariez, la zafiedad , desean hacerse auténticos protagonistas de los círculos del saber, de donde se elaboran las leyes, desde donde se proyectan los canales de información hacia la ciudadanía, desde por desgraciados argumentarios que se nos dan al gran público carecen por completo de respeto a nuestros ojos y oídos, siendo auténticas pócimas de cicutas lingüísticas. 

Mientras que la democracia ateniense, de manos de personalidades como Platón, Aristóteles y Cicerón  han sido los primeros espadas en el arte de lo que rodea a la buena oratoria, el buen redactar, a no vivir de la doblez y del engaño, más tarde, a partir del Humanismo, ya  en el Renacimiento, el mismo Quintiliano, han ido creando escuelas hasta la fecha. 

En tiempos pasados y, no por ello menos importantes, los padres de la oratoria nos descubrieron el buen arte del hablar con elocuencia, su exquisitez y la correcta expresión que les condujeron al éxito. Suponemos que nada les saldría gratis y hubo que trabajárselo. El mundo Humanista y tantos filósofos, economistas, literatos, historiadores que han andado a la sombra de esta filosofía, desde la verdad, a lo largo del Siglo de Oro y, fruto de la lejana Grecia y del mundo de Quintiliano, todos ellos han sabido valerse de razonamientos, argumentos, discursos, elocuencia y pronunciación desde un esmero fuera de sí. 

Al otro lado, al contrario, en pleno siglo XXI “vergüenza desmesurada de la pobreza retórica de la política actual española”. Intervenciones vacías de contenido, llenas de insultos y de baja racionalidad. Discursos emotivistas, que tratan al público como niños que aún no han alcanzado la madurez suficiente . Oradores que buscan la adhesión emocional. Respuestas vagas y ambiguas.

Ataques a diestro y siniestro con auténticos misiles verbales y descalificativos a sus oponentes, igualmente poco fundamentados y basados más en imágenes estereotipadas cuya finalidad es socavar el punto de vista de los contrarios socavando su reputación. Por lo demás, se nos revela un lenguaje no verbal empleado por los oradores soliendo ser más inconscientes y espontáneos. Los debates, en definitiva, siendo un auténtico gallinero denotan poco dispuestos a un diálogo racional y a la negación que tratan a su electorado como seres irracionales y manipulables.

 El desamparo en el que quedó la retórica, lejos de la reflexión ética y filosófica, sería lo que causaría que se valiesen de ella “mentes menos vigorosas” que aprovechándose de una situación en la que tan pronto como empezó a ser la lengua fuente de ganancias se hizo costumbre el mal empleo de los bienes de la elocuencia, tal como hoy pasa.

Es por ello que, desde aquí, a todos los que opinen deban mejorar en estos menesteres se les recomienda vivamente  la lectura de los filósofos o personajes claves como Chescherton u otros de su misma sombra.  Los oradores nos dejaron campo libre en la parte más noble de la propia tarea, porque tanto acerca de lo justo, honroso, útil, como de sus conceptos contrarios hablan especialmente los grandes filósofos ofreciéndonos argumentos profundos a poder reflexionar, paladear, argumentar y hasta presentar a los ateneos literarios o conferencias de todo calado.

Una muestra de elogio y  gratitud  a nuestro gran Antonio de Nebrija en sus 500 años de nacimiento sería recordar las sugerencias dejadas por Quintiliano hacia la  cultura oral, cuando nos ilumina la mente hacia la restricción de las palabras escuchando el  sonido  que determina no sólo los modos de expresión sino también los procesos de pensamiento. La retórica se sirve de la escritura, pero posee una innegable raíz oral que entronca con su honda concepción del ciudadano y de la ciudad.

De ahí la importancia de las referencias de nuestro calahorrano Quintiliano a la música y al oído, pues la fugacidad del sonido, esa evanescencia que hace que al pronunciar una palabra ésta vaya desapareciendo, se presta al interior humano directamente. El oído puede registrar la interioridad sin violarla. Esta hondura del oído, su carácter pacífico y su necesidad de cuidados la tienen muy en cuenta los retóricos antes citados cuando se nos pide que tratemos primero de sosegar los oídos de la gente, pero no es sólo importante no dañar cuando nos escuchan, sino también “oír” con atención al adversario mientras pronuncia su discurso.

En definitiva, todo ello plantea un panorama desde el que hacer una teoría política sin omnipotencia y donde su utilidad no venga marcada por ganancias materiales, sino por lo que de bien nos puede proporcionar, tanto para nuestros conciudadanos y la vida pública, como para la democracia.

Volvemos a gratificar la laboriosidad y empeño de D. Antonio por su legado de enorme influencia no sólo para España sino también hacia Europa y América. Las gramáticas europeas y la preservación de las lenguas indígenas precolombinas gracias a las gramáticas amerindias, deben mucho a nuestro gran sevillano. Él ha sido y será nuestro Erasmo de Roterdam.

Si articulamos nuestro léxico con prestancia y el estudio del argumentario es posible hagamos bajar de su ego la anarquía y el sin sentido que han emergido en el escenario público y, ya de paso, sustituyamos al Estado Liberal del Derecho por un Estado Social del Derecho. Más tarde, si se puede, el Estado debería rearticularse con la cultura para, así, colocar a lo social como eje sustantivo.

No olvidemos a la cultura como “ethos” de un pueblo, siendo los motivos cualitativos los que hacen que una sociedad pueda ser “sujeto” y no “objeto” del poder, lo que conllevaría a crear la buena “subjetividad social”. Si todo fuese así, con ambos palos seguro nos saldrían bien los deberes. 

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