Falsa amenaza de Vox

«En los lugares en que Vox ha entrado a formar parte de los gobiernos regionales, ni las autonomías ni los partidos nacionalistas han sufrido ningún menoscabo»

Opinion 22/08/2023 Fernando Savater
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Vox

 Hace más de medio siglo leí una novela de ciencia ficción que no he olvidado. No era obra de uno de mis autores favoritos del género, como Bradbury, Asimov, Clarke o Frederic Brown. El autor era un francés, Jean Hougron, sólo reputado por una serie de novelas sobre Indochina. El signo del perro era su primera narración de ficción científica y además de la emoción de la aventura encerraba una curiosa parábola. Un explorador espacial llega a un planeta cuyos habitantes viven encerrados en una ciudad amurallada.

Esa ciudad es asaltada a cada poco por unos monstruos enormes y feroces a los que no pueden detener las murallas ni las armas de los defensores: los únicos que logran frenarles son unos magos o sacerdotes que se enfrentan a ellos sólo con su fuerza mental y así les hacen retroceder. No hace falta decir que estos salvadores providenciales son las máximas autoridades de la ciudad, la vida de cuyos habitantes depende de ellos.

Después de varias peripecias intrigantes, el lector descubre que los terribles monstruos no son más que marionetas creadas por los magos para perpetuar su poder sobre la ciudad falsamente asediada. Recientemente el director Night Shyamalan filmó una película, The village, con un argumento parecido.

 De El signo del perro al signo de los tiempos. Durante las dos últimas campañas electorales he recordado a menudo la novela de Jean Hougron. Con las necesarias adaptaciones a nuestra actualidad política, claro: los monstruos que nos amenazan son los de la extrema derecha, los «ultras» por antonomasia según establece -ordeno y mando- el Libro de Estilo de El País.

Su asalto a las instituciones acabará con todo tipo de derechos civiles, humanos y animales. Retrocederemos hasta el Paleolítico inferior o superior, no sé, el que caiga más atrás. Nada puede detener su avance arrollador sino los paladines de la izquierda, Yolanda Díaz, Bolaños, Rufián, Ortuzar (que se come a la derecha el solito) y sobre todo y por encima de todos, tachán, ¡Pedro Sánchez! Ante argumentación tan incontrovertible, millones de ciudadanos en estado de alerta han votado a los magos para librarse de los monstruos. Da gusto vivir entre gente tal difícil de engañar…

 Preguntados que fueron muchos de estos votantes sobre los aspectos concretos de su miedo a Vox, los más simplones respondieron que no querían que las mujeres o los homosexuales perdieran derechos. Un deseo muy razonable, que comparto fervorosamente. Pero naturalmente esos derechos, junto a los del resto de los ciudadanos, están recogidos en la Constitución (desde bastante antes de que el providente Sánchez velara por nosotros) y que yo sepa nadie pretende borrarlos de ella, ni mi amigo Santi Abascal ni siquiera el congestionado Buxadé.

Ni lo pretenden ni podrían, claro, porque los derechos constitucionales son una cosa muy seria que sólo en algunos casos especialmente escandalosos (los lingüísticos en Cataluña, por ejemplo) son fraudulentamente conculcados. Otros votantes dicen que Vox pretende acabar con las autonomías e ilegalizar los partidos nacionalistas. Las autonomías son una fórmula administrativa que se adoptó en su día para mejorar la gestión del Estado y que podrían ser sustituidas por otra si pareciera aconsejable a la mayoría.

A mí al menos en dos ocasiones me han pasado a firmar manifiestos de intelectuales, escritores, ex-políticos, etc., ni mucho menos ultras (salvo en todo caso algún poeta ultraísta) que pedían formalmente la abolición del régimen autonómico: no he firmado ninguno de ellos no tanto por no estar de acuerdo con la propuesta sino sobre todo porque llega demasiado tarde. A pesar de los obvios e importantes inconvenientes de las autonomías, hoy creo que causaría más daño suprimirlas que conservarlas, por razones bien explicadas por don Jacinto Benavente en Los intereses creados.

En cuanto a ilegalizar partidos nacionalistas, supongo que se refiere a los separatistas, los cuales, si no condenan explícitamente la violencia para obtener sus fines (como Batasuna, que ya fue ilegalizada aunque luego haya sido acogida por la ley en una operación que a algunos sigue sin convencernos), creo que son incompatibles con la forma de nuestro Estado actual, por los mismo que partidos totalitarios como el nazi y el comunista siguen estando prohibidos en la Alemania actual. En cualquier caso, en los lugares en que Vox ha entrado a formar parte de los gobiernos regionales, ni las autonomías ni los partidos nacionalistas han sufrido ningún menoscabo.

 En resumen, Vox es un partido constitucional cuyas propuestas políticas pueden parecernos a muchos poco beneficiosas para España, aunque ni mucho menos se proponga destruir la igualdad y la libertad cívica de los ciudadanos como los partidos nacionalistas a los que Pedro Sánchez mima y hace peligrosas concesiones para conseguir su apoyo parlamentario.

Ni por el número de sus votantes ni por el entusiasmo que despierta en la población supone algo parecido a un cambio de régimen en la democracia, como en cambio se propusieron explícitamente los comunistas de Podemos cuando irrumpieron en la palestra política.

Que Vox proponga derogar o modificar algunas de las leyes promulgadas en la era Sánchez y vigilar el sectarismo educativo convertido en casi obligatorio nos parece no sólo oportuno sino exigible a la mayoría de los españoles que votamos contra la izquierda en mayo y en julio.

Por lo que vemos en Europa, el populismo derechista comete errores más por populista que por derechista, como demuestra Giorgia Meloni, que se había ganado bastante buena reputación en su mandato hasta que trató de imponer un impuesto confiscatorio a los beneficios de la banca, uno de esos planes geniales que oímos un día sí y otro no a comunistas como Pablo Iglesias o Yolanda Díaz. 

 Desde luego, la batalla contra la ultraderecha en España como prioridad política y la indispensable demonización mediática de Vox ha encontrado su debido eco en la prensa extranjera, lo que demuestra que la imbecilidad política -como antes se dijo del proletariado- no tiene patria. La escritora de origen cubano Zoé Valdés se presentó en las elecciones de julio como senadora por Vox (yo te voté sin dudar, Zoé) y concedió una entrevista al diario francés Le Monde (a petición de éste) para intentar disipar algunos de los muchos bulos fantasmales que corren sobre su partido.

Como era de temer, la entrevista fue manipulada y aprovechada para ridiculizar a la candidata, según denunció ésta en la revista Causeur. Así funcionan los informadores «progresistas» en los países de la Europa occidental.

Antes de las elecciones, hay que sacar a los monstruos feroces que atacan las murallas de la democracia para motivar a los electores más ingenuos: esa mayoría borreguil que no se da cuenta de que el peligro está en la secta de magos que supuestamente nos protege de los ultras…
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