HIPOCRESÍA EUROPEA CULTURAL

Aperturas mentales, viven en sus cavernas ideológicas y te atropellan descaradamente si no eres de su manada

Opinion 29/08/2023 MARIANO GALIÁN 
EUROPARLAMENTO
Bruselas

Nuestras ciudades europeas del hoy, las que continuamente se quejan de esto o de aquello, las que están siendo emborrachadas desde Bruselas en licores liberales, feministas y progay, las que andan desconcertadas y ataviadas de progresismo, las que incitan  a arrancar de cuajo toda cultura occidental que ha hecho de este continente un mecenas de la sabiduría y del buen vivir, están obcecadas alrededor de otra cultura y antivalores del hoy, plagadas de podredumbre, confusión e hipocresía junto a la falsa mirada hacia atrás creyéndose que deseamos situarnos en el medievo o algo por el estilo.

Muchas de estas ciudades con ideologías del siglo XIX, las que se denominan progresistas, las que se creen liberales e ilustradas pero que, de hecho, hoy viven bajo un credo de multiculturalismo borreguil y plagado de tabúes, que valoran más las mentiras útiles para apaciguar la sociedad de masas que las verdaderas capaces de abrir un buen debate y, sin duda, aperturas mentales, viven en sus cavernas ideológicas y te atropellan descaradamente si no eres de su manada. 

No lo duden, lo que estamos observando con crudeza nos muestra la corrosión de los valores ilustrados que Europa dice sostener, la decadencia de libertades existentes y la apertura de espíritu hacia el mismo corazón de Europa. El hecho de ladear el mundo de las Humanidades era para dejar hueco a la pocilga que hoy se nos desea presentar y alimentarnos.

Por desgracia, el mundo del partido popular europeo, también, de forma alternativa, come y rumia de tales alimentos. Rehusar lo que siempre ha dado buenos frutos llamándolos como les place es un claro síntoma de la cultura política dominante de la Europa del siglo XXI: la cultura relativista, propensa a la autocensura y a la hipocresía y, ello, no nos pilla de nuevas.

Desde hace ya más de una veintena de años, la Europa multicultural demoniza de continuo todo aquello que no entra en sus roles de funcionamiento como por ejemplo los valores, por temor a que se altere el frágil orden social y moral, y desencadene sentimientos indeseables en un mundo de paz y armonía, es decir, de pastaflora.

No atreverse a decir las cosas como son, sin duda, es motivado por el miedo a los partidos populistas. Tal autocensura se presenta como el buen amigo progresista en proteger a los inmigrantes, por ejemplo, contra los prejuicios y comportamientos hostiles de los nativos, pero todo está basado en el prejuicio, más oscuro aún, de que las masas de algunos países son tan inflamables, llenas de odio, que no se les puede decir cómo son las cosas en realidad.

Nuestros dirigentes mienten por segundos para tener a raya las iras de los diversos pueblos: una especie de tiranía que recuerda las mentiras sobre la producción de alimentos que la propaganda maoísta china contaba a una población que no tenía qué comer. Si vamos más al fondo, la censura moral operada por el multiculturalismo acaba con la política misma, entendida en su sentido más genuino del debate libre, sincero y vivo sobre los valores y el futuro.

Así, el multiculturalismo viene a ser la sacralización del relativismo moral y cultural. Hace virtud del vacío que existe en el corazón de Occidente moderno, mediante el recurso de maquillar la incapacidad de este continente para articular sus ideales y defender los valores de la Ilustración diciendo que. “todas las culturas son igualmente válidas”. 

El multiculturalismo es el tratamiento cosmético políticamente correcto para disimular la profunda alienación que sufre la sociedad occidental de su propia cultura, de sus muchos centenarios y tradiciones de democracia: razón, progreso y aspiración; al menos, a la libertad, aunque esta haya sido tantas veces aplastada. Por ello, el instinto básico del multiculturalismo, la fuerza que lo impulsa, es acallar y reprimir, elevar la autocensura y la negación de las dificultades reales, por encima del riesgo que supone permitir el debate abierto, juzgar y comparar valores. El resultado final es una Europa kafkiana, es decir, absurda y angustiante.

Estamos ante una Europa donde poner los valores auténticos europeos por encima de otros valores son tachados de “fobia”. Una Europa donde se considera virtuoso rehusar decir la verdad, y donde está mal visto decir “las cosas como realmente son”.

Y luego nos extrañamos que los inmigrantes que llegan a Europa desde lejos no adopten estos valores sacados de la manga y que no poseen peso específico. ¿Qué valores? Si apenas se nos permite articularlos, mucho menos considerarlos superiores a los de otras gentes, y menos aún acercarlos a los nuestros a los que vienen a vivir bajo nuestro techo.

Así, el verdadero problema no son los inmigrantes, sino a la sociedad a la que llegan. Una sociedad que ni siquiera es capaz de aunar a su propia población a unos valores comunes. La experiencia de Estados Unidos a principios del XX muestra que es perfectamente posible formar una nación con gentes de muy diversas procedencias cuando existe un proyecto grande y con ideales al que incorporarlos.

Hoy día, el caso de Europa confirma que, en ausencia de un proyecto semejante, la sociedad puede parecer cada vez más fragmentada con la llegada desde otros países, que tienen pocos incentivos para integrarse o poca cosa en que integrarse.

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