Condenadamente optimista

"Es realmente sencillo ponernos de acuerdo en que España atraviesa el peor momento de su historia democrática"

Opinion 20/02/2024 Rosa Diez
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Rosa Diez

Tomo prestado para el título de este artículo una expresión con la que Frank Worsley, el capitán del Endurance, la nave fletada por Ernest Shackleton que protagonizó en 1915 una de las principales historias de superación del ser humano y una de las epopeyas más fascinantes vivida por un grupo de exploradores en su legendario viaje a la Antártida.

Cuando la nave quedó atrapada en los hielos y hubieron de abandonarla, sin apenas alimentos y obligados a navegar por mares ignotos en búsqueda de tierra en la que ponerse a salvo, el líder afrontó la tarea reforzando en sus hombres la confianza de superación y el trabajo de equipo. E insistió mucho en la cortesía… y en el optimismo. Worsley resumió así el espíritu que el jefe transmitió en todo momento: «Tienes que ser condenadamente optimista». Y todos sus hombres fueron rescatados vivos.

 En los momentos de tribulación por los que atraviesa España, con tanto cenizo diciéndonos que «no hay nada que hacer», quiero hacer un alegato a favor del optimismo, una actitud humana generalmente denostada y cuyos practicantes suelen ser tachados de ingenuos.

De hecho, yo misma me he pasado media vida puntualizando («no, no soy optimista, soy un espíritu positivo…») cuando alguien me calificaba como «optimista» por no aceptar de entrada la derrota y por tratar de convencer a quienes me escuchaban de que ganar -sea lo que fuere que estaba en juego en ese momento- no dependía del destino o de lo que hicieran otros, sino de la actitud y las decisiones que tomáramos cada uno de nosotros.

Pues bien, ya es hora de reivindicar el optimismo como esa perspectiva positiva y esperanzadora de uno mismo y del mundo que nos rodea, como esa parte clave de la resistencia activa (no confundir con resignación ni pasividad), como esa fortaleza interior que nos ayuda a enfrentarnos a los momentos más difíciles que encontramos a lo largo de nuestra vida. Una actitud optimista es, por definición, la que nos ayuda a ver, a sentir, a pensar y a actuar en forma positiva. Vamos, que es la actitud optimista la que nos mueve a enfrentarnos a las dificultades y a no rendirnos por anticipado.

 En el marco de las duodécimas jornadas España a debate celebradas en Tomares, conducidos por Fernando Iwasaki, Fernando Savater y yo misma, abordábamos hace unos días esta cuestión. Es realmente sencillo ponernos de acuerdo en que España atraviesa el peor momento de nuestra historia democrática. La perversión del lenguaje ha pervertido las propias instituciones y hace mucho tiempo que las palabras se utilizan para maquillar o falsificar la realidad.

Por eso se acepta con normalidad que se llame progreso a la regresión -menos igualdad, menos seguridad, menos libertad…- y progresistas a todos aquellos que defienden las ideologías -y las ideas- más reaccionarias de la historia de la humanidad.

A esta situación hemos llegado porque ha tenido éxito la estrategia sostenida por el PSOE desde que llegó Zapatero y cuyo objetivo era provocar una división entre españoles que situara a «la derecha» como la enemiga de la democracia y no como adversaria electoral de «la izquierda». A partir de ahí, cualquier cosa que se haga en nombre de «la izquierda» tiene bula, aunque sea la antropofagia, como pedagógicamente vino a explicar Fernando Savater.

 Hasta aquí, todos de acuerdo. Ahora la pregunta es cómo salimos de esta. O si nos rendimos, que también es una opción a la que, desgraciadamente, se apunta mucho personal… De eso también hablamos con los asistentes del evento de Tomares. Mucho optimismo no veía yo, la verdad. Y tampoco percibí que el público visualizara un Shackleton hispano…

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La mayoría de las personas que intervinieron insistieron en lo negativo del momento, en lo que hemos hecho mal, en las dificultades para revertir la situación… Cuando los más mayores recordábamos que los españoles hemos superado en el pasado situaciones más difíciles que las presentes –»imagínense, nadie daba nada por nosotros cuando murió Franco y tuvimos que reencontrarnos como hermanos para construir desde cero la democracia e integrarnos en Europa…»- , se nos señalaba que entonces había «ilusión», y que fue esa actitud colectiva la que nos permitió enfrentar con éxito todas las dificultades del momento.

 Es verdad que la «ilusión» por transitar de la dictadura a la democracia fue el motor que movió aquella aventura de la Transición. Pero fueron relativamente pocas personas las que se pusieron de acuerdo e impulsaron a los millones de españoles que se sumaron al proyecto común sin conocer muy bien las dificultades del reto que debíamos afrontar.

Es cierto que veníamos de una dictadura y todo lo que nos permitiera transitar hacia la democracia nos parecía bueno en sí mismo; y que la ilusión, confianza y conocimiento del riesgo -volver a enfrentarnos entre hermanos- fueron decisivos para que la Transición tuviera éxito, alumbrara la Constitución y pudiéramos construir la democracia.

Nuestra debilidad es que ahora no tenemos aquella ilusión que alimentó el motor que nos permitiría pasar de súbditos a ciudadanos. Y también trabaja en nuestra contra el hecho de que hay millones de españoles que ni siquiera son conscientes del riesgo que corremos de perder lo que logramos con tantísimo esfuerzo y sacrificio. Y es que no hay una sociedad militante a favor de la democracia porque en España no se ha hecho pedagogía democrática y nadie, ni en la educación reglada ni en la otra, nos ha enseñado que el primer deber de todo ciudadano es hacer política para defender la democracia.

 Sí, de eso también hablamos en Tomares. De la responsabilidad colectiva de los ciudadanos, los primeros políticos. Porque hacer política no significa afiliarse a un partido político o formar parte de una institución. Hacer política es implicarse, actuar, alzar la voz, no esperar a que los problemas se resuelvan solos o a que los resuelvan «los políticos».

Y con esto vuelvo a la cuestión de cómo salimos de esta. Pues miren, haciendo política. Porque en España no habrá un Shackleton; no habrá ilusión… Pero lo que sí que hay son millones de españoles cabreados con quien nos ha llevado a esta situación. Y eso -y en el hecho de que tenemos razón- reside nuestra fortaleza.

Así que se trata de organizar el cabreo y transformarlo en una fuerza positiva que nos permita afrontar el reto. Vamos, que se trata de volver a confiar en nosotros mismos, de recuperar el aliento de la Transición, de volver a colocar a España en el lugar de la historia que le corresponde.

Porque, díganme si no tienen ganas de pasear tranquilamente por las calles de España sin respirar ese odio cainita que han extendido las tropas de Sánchez… Díganme si no merece la pena volver a reencontrarnos en la Tercera España que surgió de la Constitución del 78. Díganme, amigos, si podemos hacer otra cosa que ser condenadamente optimistas. Sobran los motivos.

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