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Franco, hombre de Estado

Bibliografía sobre Franco que ya comienza a superar el millar de libros

Sección Histórica 26 de agosto de 2021 Jesús Fueyo
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Se ha dicho que la política hace muy extraños compañeros cama, pero también es verdad que liga amistades muy profundas e íntimas como las de los que hoy os habéis molestado en venir a escucharme, amistad de la que sois un vivo testimonio. No es fácil la amistad en la política; no es fácil, sobre todo, cuando el curso de los acontecimientos impone un giro de infortunio a los que hemos participado en una empresa histórica con mayor o menor protagonismo.

Y de estas amistades, ha sido portavoz hoy, con el exceso del afecto, Salvador Serrats. Cuanto ha dicho fuera de los escuetos datos biográficos, el elogio en otros tantos aspectos, es mucho más fruto del efecto que resultado de un análisis exacto de mi persona; pero hay algo que sí quiero subrayar y que me sirve por así decirlo de pórtico a lo que yo quisiera tener la fortuna de expresar esta tarde, y es que nosotros nos hemos conocido, Salvador Serrats y yo en el debate, en un debate tenso, de días en las Cortes orgánicas, sobre el Plan de desarrollo, y sobre el Presupuesto. Porque, señoras y señores, entonces los presupuestos no se aprobaban en tres días. (Aplausos)

Y, sin embargo, queda el tomar razón de mi presencia aquí esta noche y sobre todo de mi presencia para lo que pudiera calificarse de petulancia al intentar un análisis de la figura de Francisco Franco en su aspecto esencial, en su condición de ser, en su aspecto ontológico, de hombre de Estado.

Los oradores que me han precedido y que con tanta brillantez nos han puesto de manifiesto esta gigantesca figura de nuestro siglo y de la Historia, han tenido muchas más oportunidades que yo de conversar con el Caudillo. Quince o veinte audiencias a lo largo de 25 años de colaboración con un hombre abrumado por las tareas del Estado, con un modesto intelectual, es difícil que permitan una radiografía espiritual y humana del Caudillo.

Sin embargo, yo quisiera decir o desmentir ese tópico tan extendido de que el Caudillo tenía desdén por los intelectuales. En lo que a mi toca, si me permitís que asuma sin faltar a la modestia ese título, puedo decir que quizá porque la naturaleza de los temas con los que con-versé con el Caudillo siendo transcendentales, no eran importantes, en la lucha política cotidiana, creo que su conversación le servía más bien de relajamiento.

En rigor, creo que el Caudillo no tenía desdén por ningún estamento de la vida nacional, por ningún grupo de la sociedad, lo que creo que quería, y ello es siempre algo utópico, es que cada uno estuviera en su sitio, es decir que el intelectual fuera intelectual y el político, político, y esto los intelectuales que han querido hacer carrera política del pensamiento, el que él no se lo permitiera, lo han toma-do como desconsideración y como desdén. (Aplausos).

Creo, señoras y señores, que buscando la razón de que la directiva de la Fundación Francisco Franco, a la que agradezco mucho se haya acordado de mi para esta circunstancia, creo que la razón de mi presencia y de mi tema, es que la figura de Franco comienza a adquirir la distancia histórica que permite a los hombres de pensamiento confrontarla objetivamente con la realidad; en definitiva, la dialéctica del franquismo y del antifranquismo ha terminado, lo que no ha terminado es la transición, dígase lo que se diga. la dialéctica del antifranquismo ha terminado porque el antifranquismo ya no es rentable políticamente; ya no es rentable lanzar sobre la historia una carga de ingratitud y de difamación como plataforma de una oferta política al pueblo.

Esto se ha agotado y al haberse agotado, los hombres de pensamiento podemos comenzar a considerar la figura de Franco en su contexto total, es decir, en su relación con la Patria, en su relación con la Nación, en su relación con el Estado y en su relación con el mundo volcánico que él tuvo que cruzar dejando intactos, desde el primero de octubre de 1936 hasta el día de su muerte, la paz y el bienestar de España. (Aplausos)

El hombre de Estado, el gran hombre de Estado es por sí mismo único, tiene una unicidad radical, en su personalidad; su carga de personalidad es la que le permite el ejercicio de su autoridad. En verdad, un gran hombre de estado no puede tener amigos, no los tiene, no puede sacrificar su misión a ningún efecto secundario; sabe que existe un vínculo, un vínculo de responsabilidad entre su acción y su preocupación y la Patria en primer lugar.

La Nación como destino en el mundo, como destino universal, como decía José Antonio Primo de Rivera, y es ésta la dialéctica que es posible tratar de captar, pasados los años con una cierta objetividad y utilizando un bibliografía sobre Franco que ya comienza a superar el millar de libros y artículos y los que esperan porque va ser imposible explicar el argumento del siglo XX español sin pasar por su eje central, que es la obra y el pensamiento de Franco.

Va a ser muy difícil explicar ese argumento, como creo tendré oportunidad de deciros, en cuanto a dinámica de la historia europea y de la liquidación de Europa, como centro del universo histórico, borrando la fi-gura de Franco.

Hace justamente 20 años, en el intento de explicar un extraño título que se había adjudicado por la Santa Sede, al Caudillo, como fundador de la Basílica del Valle de los Caídos, publiqué yo un corto estudio que trataba de realizar la hermenéutica de este título, de interpretar su profunda significación.

Por razones obvias, la Iglesia prefería no llamar «Dux» al Caudillo, y entonces su título fundacional se expresa en los términos de «Hispaniae moderator»; yo busqué las raíces clásicas de este concepto y en la búsqueda encontré creo la noción clave que define la personalidad de Franco, el concepto de «auctoritas».

Vivimos hoy una degradación, una confusión impresionante del léxico político; hoy la gente, e incluso lo que se llama la élite, han perdido por obra o por medio de los medios de comunicación, por la misma degradación de la cultura que ha disuelto el sentido preciso de las palabras, de tal alcance que si en vez de «auctoritas» digo autoridad, reduzco el análisis de Franco a dimensiones poco más que municipales.

El concepto de auctoritas nació en un momento crítico de la historia de Roma, y fue en momento tan crítico como la muerte de Julio César, tras su elaboración por Cicerón llevado a la práctica en la Fundación del Principado, por parte de Augusto. La «auctoritas» se proyecta como versión objetiva, fundamental-mente en la fundación, y en el mantenimiento de un orden político; Franco es el fundador de un nuevo Estado y, lo es, por razón de su «auctoritas»; esto no está al alcance de cualquiera y mucho menos de cualquier político. (Aplausos)

Dice Augusto en las «Res gestae», donde trata de justificar su obra frente a los que se le oponían y le reprochaban confundiendo ya los conceptos de príncipe con Rey, viniendo príncipe de principio, que él, Augusto, en cuanto servidor de la República tenía iguales potestades que otros muchos, pero que en cuanto «auctoritas» él era el primer hombre de Roma. En 1936, e incluso antes, Francisco Franco era el primer hombre de España. (Aplausos)

Y esto viene de atrás, señoras y seño-res, viene de atrás, y os voy a rogar que me perdonéis la inmodestia de citarme, cosa que puede parecer pedantería o petulancia, y ello aunque sólo sea por una razón; porque ya hay mucha gente en éste, que les gusta llamar país; hay ya demasiada gente que se ha olvidado de lo que ha escrito, porque les produce sonrojo lo que han dejado en letra impresa o que, incluso, están tirando por los basureros la cultura, obras que ellos han tenido, como maestras, simplemente por mantenerse flotando, como los corchos, en la superficie de las aguas más sucias de la política (Aplausos) 

Yo puedo citarme porque tengo la responsabilidad modesta de ser yo mismo; puedo citarme porque me asalta alguna vez la preocupación de si algún joven español llevado de mis expresiones o de mis conceptos se hubiera formado una idea esencial de la política, del mundo y de los hombres y, ahora, se encuentre, ya en su plenitud, 20 años más tarde, con que mis palabras de hoy fueran el repudio de las de ayer, lo que supone una inversión obscena del espíritu. (Aplausos)

Como os decía, la «auctorítas» de Franco, viene de muy atrás, tan de atrás como la guerra africana. Claude Martin, al que debemos el primer gran libro europeo sobre Franco, narra con calculada sobriedad un episodio escalofriante de la campaña de África.

Tafaruin, una posición cercada por el. enemigo, comunica al mando que sólo puede resistir unas horas. Mientras Franco al mando de una pequeña tropa se dirige a marchas forzadas a romper el cerco, se envía desde un avión al alférez Topete al mando de la posición sitiada un mensaje que decía: «Resistid. Franco va en vuestro socorro». «El heliógrafo de Tifaruin transmite esta respuesta asombrosa»: «Si viene Franco resistiremos, ¡Viva España!». (Aplausos)

Esta «auctoritas» no sólo le ha sido reconocida por sus biógrafos apologistas; ha sido reconocida también por sus enemigos o incluso por los transfugas históricos de su acción. En el desventurado libro de Ansaldo titulado «Para qué?», se cuenta, que en torno a los preparativos del Alzamiento del 10 de Agosto, siempre que se trataba de conectar con personalidades del mundo civil o del mundo militar o del mundo financiero, se encontraban con una dificultad y es la respuesta de los convocados que preguntaban «¿Pero se cuenta con Franco?» y si no se contaba con Franco, no había nada que hacer.

(Aplausos) Y nadie pondrá en duda un testimonio, ahora sumergido en el olvido, y que es la carta de José Antonio al General Franco, cuando le habla al final de la misma y la cuestión es por qué, aunque mediaran relaciones de amistad, podría José Antonio invocar al General Franco para que asumiera responsabilidades nacionales. Lo era también por la razón de la «auctoritas» al hablar de la completa dimisión por parte del Estado, y el profundo sentido de la autoridad, aquí la palabra sí está empleada con todo su rigor clásico (José Antonio dice que no puede confundirse con la autoridad esa frívola verborrea del Ministro de la Gobernación y sus típicas medidas policiacas nunca llevadas hasta el final).

Sigue diciendo José Antonio, en dicha carta: «Todas estas sombrías posibilidades, descargo normal de un momento caótico, deprimente, absurdo, en el que España ha perdido toda noción de destino histórico y toda ilusión por cumplirlo, me ha llevado a romper el silencio hacia usted, con esta larga carta. De seguro usted se ha planteado temas de meditación acerca de si los presentes peligros se mueven dentro del ámbito interior de España o si alcanzan ya la medida de las amenazas externas en cuanto que comprometen la permanencia de España en cuanto que comunidad.

Yo, —dice José Antonio—, que tengo mi propia idea de lo que España necesita y que tenía mis esperanzas en un proceso reposado de madurez, creo que cumplo con mi deber sometiéndole estos renglones: Dios quiera que todos acertemos en el servicio de España». (Aplausos) Uno y otro acertaron hasta el hecho casi providencial y misterioso de la Historia de morir en un mismo día como marcando una imborrable efemérides de la Historia. (Aplausos)

Pero insisto, no solamente han sido los amigos y los leales del séquito y todo el pueblo español que, a lo largo de su obra, le ha asistido con tanta fe, los únicos que han reconocido este primado, al Caudillo. Con ocasión de la campaña de elecciones en Cuenca en la que el General Franco se había retirado, Indalecio Prieto pronunció en esa ciudad, un discurso, en el que dijo, nada más y nada menos, esto: «No he de decir ni una palabra en menoscabo de la figura de este jefe militar.

Le he visto pelear en África y para mí el General Franco ha llegado a la fórmula suprema del valor. Es hombre sereno en la lucha. Tengo que rendir este homenaje a la verdad. El General Franco por su juventud, por sus dotes, por la red de amistades en el Ejército, es hombre que en un momento dado pueda acaudillar, con el máximo de las posibilidades, todas las que se deriven de su prestigio personal». (Aplausos).

Y creo que responde a esta misma noción de «auctoritas», creo que responde a este mismo primado de Franco, todo el tema de la elección de Salamanca, como Generalísimo con todos los poderes del Estado.

Otro gran biógrafo del Caudillo, dice a este propósito, a propósito de la elección en Salamanca el 21 de septiembre a las 11 de la mañana que comenzó la reunión: «A los 44 años continuaba siendo el más joven de los generales y su nombre seguía en los labios de los moros y legionarios, como ejemplo de pericia y valor; era reverenciado por los oficiales subalternos que fueron sus alumnos a pesar, o puede que debido a ello, de que fue un terrible ordenancista. Por tanto no se trataba de quién iba a ser el comandante en jefe, si no, de cuando.»

Creo que estas referencias, justifican este aura de «auctoritas» que le permitió a Franco conducir victoriosamente la guerra y luego ser exaltado en el Estado para llevar a cabo, sin ninguna duda, la obra política más grande de paz y de bienestar de nuestro siglo y de algún siglo más, pero, Franco también era consciente de ello, lo fue en plena guerra, de que todo podía perderse y asumiendo todas las responsabilidades dijo a sus íntimos:

«Como es lógico, si soy capturado vivo, tendré que enfrentarme a un juicio por rebelión; que no haya duda sobre esto, no buscaré abogado defensor; diré al Tribunal: caballeros, ustedes ya conocen, su deber. Cúmplanlo». Hace falta un dominio y un sentido de la responsabilidad y de la vocación para pronunciar estas palabras, verdaderamente estremecedoras.» (Aplausos)

Para cerrar este capítulo que es justificativo de lo que fue el modo de ser de Franco, terminaré con una anécdota que, quizá Raimundo Fernández Cuesta aquí presente me pueda corroborar o corregir, porque yo no la he vivido personalmente, sino a través de algún otro presente. Hubo político que sugirió que se institucionalizara el carácter vitalicio de la magistratura de Franco. Franco dijo: «¿Pero, de verdad, cree usted que eso es necesario?». Naturalmente se guardó el silencio más respetuoso, pero en una de las intervenciones posteriores dijo como al socaire: «dado el carácter vitalicio de mi magistratura». (Aplausos)

Quisiera entrar ahora en un tema sugestivo, pero desgraciadamente hundido en la difamación en estos seis penosos años. Un tema acerca de cual era la ideología y si Franco tenía ideología. Hay que comenzar diciendo que cuando muere un gran hombre de Estado se le reprocha todo; unos le reprochan lo que ha hecho, y otros le reprochan lo que no ha hecho. Y hay que reconducir el también concepto de ideología a sus estrictos límites conceptuales. Hoy, el concepto está degradado absolutamente, desde los días de Marx, refiriendo la ideología a una concepción sistemática del mundo y de la vida, que sólo tiene un objetivo concreto cual es sublimar el poder darle al poder una aureola. En este sentido pienso que Franco no tenía ideología;

Franco tenía principios, tenía un sistema jerarquizado y engarzado de principios absolutamente intocables y luego, tras esto, lo que le caracterizaba, en mi modo de ver, era una excepcional dosis de sentido común; no sé si el sentido común puede ser excepcional, pero tratando de rastrear estos principios que, por lo demás, todos los que estáis aquí, sabéis que son obvios, que se han repetido tantas veces, quizás no esté de más traer a colación, recordar el primer manifiesto político de Franco, el manifiesto que Franco deja en Radio Tenerife para que sea transmitido el 18 de Julio de 1936.

En ese manifiesto se dice: «Españoles, a cuantos sentís el santo amor a España, a los que en las filas del Ejército y de la Armada habéis hecho profesión de fe en el servicio de la Patria, a los que jurasteis defenderla de sus enemigos hasta perder la vida, la Nación os llama en su defensa». Aquí los tres conceptos: España, patria y nación están engarzados con un rigor conceptual tan preciso que su análisis sería largo de llevar a cabo, con extensión y profundidad que las limitaciones normales de este acto impiden hacerlo.

Quede bien claro, por supuesto, que España es en el pensamiento de Franco, una categoría permanente, que la Patria es la madre de todos los herma-nos españoles y que la Nación en cada momento soporta, sobre sí, la responsabilidad de la Historia, y el pueblo, la responsabilidad de la ciudadanía. Lo que no se puede decir, señoras y seño-res, sin haber perdido la noción más elemental de las categorías, sin ni siquiera haber leído a Renán, es que la Nación es un plebiscito cotidiano, que la unidad de la Patria lo es, porque así lo han votado un buen día los españoles. (Aplausos)

Pero avancemos más sobre este tema que creo de algún interés. Cuando el cuadro de intelectuales, reducidos a columnistas incapaces de producir un libro serio, vienen desde hace 6 años divagando sobre este problema, en ese mismo manifiesto de Franco comprendemos que estas palabras no son palabras de excitación a las armas, sino que han sido constantes hasta el último día y hasta el testamento del Caudillo, como lo comprueba cuando dice desde Tenerife: «Justicia e igualdad ante la ley os ofrecemos.

Libertad y fraternidad, exentos de libertinaje y tiranía. Trabajo para todos. Justicia social, llevaba y progresiva distribución de riquezas sin destruir ni poner en peligro la economía española». (Aplausos). Es todo un proyecto para la Historia, y no es un programa de gobierno. Y aún añade: «Sabremos salvar cuanto sea posible con la paz interior de España y su anhelada grandeza haciendo real en nuestra Patria por primera vez y por este orden la trilogía, fraternidad, libertad e igualdad».

Este orden, para cualquiera que sea capaz de penetrar en el análisis de los conceptos, se da cuenta de que, por encima de todo, el primado del ideario de Franco es la fraternidad de los españoles; —es decir, la Patria — sólo después viene la libertad y la igualdad. Y el pueblo; el manifiesto termina diciendo: «Viva el honrado pueblo español». Y que esto, como hemos dicho antes, no es una inspiración momentánea, un gesto atractivo para captar adhesión, sino que es una constante de su vida y de su obra, podéis comprobarlo en el testamento político del Caudillo:

«No cejéis en alcanzar la justicia social, la cultura para todos los hombres de España y haced de ello vuestro primordial objetivo, mantened la unidad de las tierras de España, exaltando la rica multiplicidad de sus regiones como fuente de la fortaleza de la unidad de la Patria». (Aplausos). Es el mismo hombre que está hablando 40 años después.

Por esta razón cuando Salvador Serrats me sugirió que el tema acordado para esta conferencia fuera, el de «Franco, político», preferí decir que fuera «Franco, hombre de Estado», porque no hay político en nuestro siglo que haya mantenido la coherencia esencial a lo largo de su vida, al servicio de la Patria, como la ha mantenido, Francisco Franco. 

Todo sistema de principios, tiene, por definición, una dialéctica negativa, una posición de negaciones. Las ideas políticas son beligerantes y lo son porque el Estado opera en un mundo de Estados, porque se está en lucha por el dominio y la vanguardia de la Historia y por eso Franco tiene esta dialéctica de negaciones. Contra el comunismo, en primerísimo lugar; contra los partidos políticos, en segundo lugar, y esto lo tiene y lo mantiene también a lo largo de su vida.

Franco quería construir una justicia social sin socialismo, lo mismo que José Antonio Primo de Rivera le dice en esa carta a la que antes me he referido, nada más ni nada menos que algo tan actualísimo como esto: «Una victoria socialista no puede considerarse como una mera peripecia de política interior; sólo una mirada superficial apreciará la cuestión así.

Una victoria socialista tiene el valor de una invasión extranjera. No sólo porque las esencias del socialismo de arriba a abajo contradicen el espíritu permanente de España, no sólo porque la idea de Patria en régimen socialista se menosprecia sino porque, de modo concreto, el socialismo recibe sus instrucciones de una Internacional. (Aplausos). Toda nación, concluye José Antonio, toda nación ganada por el socialismo, desciende a la calidad de colonia o de protectorado (Aplausos).

La profunda afinidad electiva histórica que existió, que se ha dado en el devenir de los hechos, entre el pensamiento de José Antonio asesinado por sus ideas en Alicante y el de Franco a este propósito y a otros muchos que permitieron al Caudillo incorporar como doctrina esencial del sistema la de la Falange, se revela en la conversación que narra Schulzberger, autor de un libro importante por muchos conceptos.

Schulzberger era el editor del «New York Times», que por los días a que me voy a referir no le tenía demasiada simpatía a nuestra Patria y que tampoco ha dejado de ser coherente porque, tras el advenimiento gozoso de la Monarquía parlamentaria, sigue obsequiándonos con el mismo desdén. Schulzberger cuenta en su libro al hilo de las personalidades vigorosas a las que llamó «los últimos gigantes», antes de entrar en la era de las áureas mediocridades. «Schulzberger le pregunta a Franco: ¿Estima usted, como me dijo en 1948, que el socialismo y el comunismo son una sola y misma cosa?».

Franco contesta: «Los extranjeros debieran comprender que el socialismo español no tiene nada que ver con otros socialismos, por ejemplo, el británico; aquí es mucho más primitivo y revolucionario que en cualquier otra parte. Nuestra experiencia es que el socialismo y el comunismo, en España, son prácticamente la misma cosa». (Aplausos).

«Aquí, sigue diciendo, una de las tácticas del partido comunista es inundar el partido socialista, atraer a sus jefes utilizándolos como comunistas, dejándoles parecer socialistas, Créame usted; si alguna vez hay en España un Estado socialista acabará por terminar en un Estado comunista» (Aplausos).

Ahora bien, los difamadores habituales, los descubridores de la más vieja y utópica idea política cual es la democracia liberal, creerán que esto es una obsesión, una manía de Franco y quizás de todos nosotros, pues acabo de leer estos días y por razones muy ajenas a esta conferencia la obra publicada en 1980 de François Mitterrand al que ha puesto prólogo Felipe González, editada un año antes de que por vía electoral Mitterrand alcanzara el poder, donde se dice a propósito de su ruptura del Programa común con los comunistas:

«Los dirigentes comunistas que se daban cuenta de las pocas posibilidades que tenían de ocupar el Ministerio del Interior y que no deseaban el de Finanzas, los desmantelaban audazmente. Candidatos a los Ministerios del Plan y de la Reforma administrativa, los convertían en superministerios. Se colocan en situación de absorber la sustancia misma del Estado, de apoderarse de las fuentes de financiación y de la distribución de ayudas y subvenciones; de controlar la vida de los municipios y de los departamentos, de controlar la administración central. La originalidad de este Estado estriba en que no había Estado» concluye Mitterrand.

Franco recogió la doctrina de José Antonio y en rigor de todos los pensadores de un conservatismo dinámico, en la terrible Europa de los años 30, cuando en países más frágiles había quebrado ya el sistema demoliberal de partidos políticos. Franco recoge esta idea, que en su planteamiento ideológico formaba parte de la dialéctica negativa contra el sistema de partidos, que fue defendida e instaurada en algunas naciones europeas para contrarrestar la avalancha del comunismo.

El que, después, estas naciones asumieran con infortunio el trágico destino histórico no tiene nada que ver con el hecho de que la crisis de este sistema democrático abierta en los años 20 no sea resueltamente válida en los años 80, después de haber provocado una falsa apoteosis en la confusa alianza de 1945. (Aplausos).

El gran hombre de Estado se mueve en un mundo de Estados; los responsables del Estado tienen que tener siempre presente la constelación de fuerzas que pugnan por la supremacía y el protagonismo de la Historia. Las jóvenes generaciones, incluso los hombres en la cuarentena, quizás no sepan o no quieran saber que su propia existencia se la deben a una obra verdaderamente genial de Franco, la neutralidad, en la segunda guerra mundial (Aplausos).

Esta neutralidad viene también de muy atrás, viene desde los primeros días del Alzamiento, desde cuando Franco tuvo la intuición clarísima de que se había salido de un pronunciamiento al estilo clásico y se había entrado en una guerra que además preludiaba una confrontación general del sistema de grandes potencias europeas. Franco tuvo que hacer ese paso a través de sus alianzas posibles; llegó a retener un avión alemán para tener una prenda de negociación con la Alemania de Hitler y no creáis que todo fueron ayudas generosas, ni mucho menos; estas ayudas como lo exige la razón de Estado, buscaban compensaciones que eran incompatibles con la soberanía de España.

Los italianos querían quedarse con las Baleares, querían hacer del Mediterráneo su «mare nostrum». Los alemanes querían quedarse con Gibraltar y a lo largo de la guerra estuvieron tomando posiciones, presionando con chantajes de retirar la ayuda con uno y otro de estos motivos. Franco resistió siempre, siempre, aun a costa quizás, de que la guerra se prolongara.

Franco, se ha escrito, explotó a fondo la derrota de los italianos en Guadalajara, pero la larga lucha, la tenaz lucha por mantener esa beligerancia y por romper lo que también pertenece a la razón de Estado, por romper el vínculo con los vencidos, porque nada más en la gran Historia es más verdad que lo de aquello de ¡ay de los vencidos! el largo esfuerzo que mantiene Franco desde 1945 hasta 1953, es algo a lo que probablemente, salvo la providencia de Dios, debemos nuestra vida y el estar aquí congregados esta tarde, y nuestros hijos también le deben su existencia. Imaginaos, imaginaos lo que hubiera supuesto una alianza sin reserva con Alemania y con Italia; imaginaos lo que hubiera sucedido con una liberación americana y rusa sobre España;

imaginaos la doble guerra civil, y todo esto Franco lo tenía en la mente y se recurrió a los mejores recursos de su oficio, como diría José Antonio, recurrió, los utilizó para el mejor bien de España, para que estuviéramos aquí. Pero Franco, además de un sentido del Estado, entre los Estados, tenía una larga visión de la historia, tenía un horizonte claro sobre el devenir. En 1944, ya cuando la guerra había marcado su destino, Franco envía a Churchill por medio del Duque de Alba, Embajador de España en Londres, un mensaje personal, en el que dice:

«Puesto que no podemos creer en la buena fe de la Rusia comunista y sabemos de la capacidad de insidia del bolcheviquismo, debemos considerar que la destrucción o la debilitación de sus vecinos aumentará notablemente su ambición y su fuerza hará más necesarios que nunca el acuerdo y la comprensión entre los países de la Europa occidental. Una vez destruida Alemania y consolidada la posición preponderante de Rusia en Europa y en Asia, consolidada asimismo en el Pacifico y en el Atlántico, la de Estados Unidos, como la nación más poderosa del Universo, los intereses europeos atravesarán por la crisis más grave y peligrosa sobre un continente quebrantado», y eso es lo que está ocurriendo 40 años más tarde. (Aplausos)

Lo que está ocurriendo 40 años más tarde, en el ocaso del tiempo de las naciones y en la aparición del tiempo de las hegemonías, no es ni más ni menos que el fin del centro europeo de la historia del mundo. Esto es lo que es preciso en un gran hombre de Estado; su capacidad para perforar en el futuro. Hay otros, hay otros hombres de Estado, que también han visto ese futuro, pero en el reverso, al revés, con una mirada cóncava, porque la respuesta de Churchill a Franco reza así, si se puede hablar de rezar en esto:

«La política del Gobierno de Su Majestad tiene firmemente por base el tratado anglosoviético de 1942 y considera la permanencia de la colaboración anglorusa en la estructura de la futura organización mundial como esencial, no solamente para sus intereses sino también para la paz y la prosperidad futura de Europa en su conjunto».

Creo ya, no haber agotado este tema realmente infinito, que traerá biografías y más biografías, sobre todo cuando los papeles, los documentos de Franco puedan pasar al conocimiento de los españoles y del mundo, pero sí es hora de terminar. También, pero no es este momento de alegría y de tristeza al mismo tiempo, debiera referirme a los fallos en que todo gran hombre de Estado incurre; sí; Franco también ha tenido fallos, pero los fallos pertenecen más a la dinámica del presente que a la gesta de la Historia. (Aplausos)

Termino con una anécdota, que conozco de primera mano. El General De Gaulle saluda al General Franco al ir a visitarle en el Pardo. De Gaulle desde su elevada estatura se inclina cortesmente ante Franco y le dice: «Al fin, el General Franco; yo era el General De Gaulle.

Usted es el General Franco. (Aplausos). Los dos somos la historia» (Aplausos) Y finalmente, con un texto que está en el frontis de este libro mío de hace 20 años, un texto capital de Spengler. «El gran hombre de Estado es raro que aparezca, que se imponga y que esto suceda demasiado pronto o demasiado tarde depende del azar. Los grandes individuos destruyen a veces más que edifican, por el hueco que su muerte deja en el torrente del suceder, pero crear una tradición significa eliminar el azar. Una tradición crea hombres de nivel medio superior con los cuales puede contar el futuro».

«Nuestro deber, y creo que la tarea irrenunciable de la Fundación Nacional Francisco Franco, que ha tenido el honor de invitarme esta noche, es contribuir a crear esa tradición, la tradición de Franco. Muchas gracias» (Aplausos). 

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